Cuando una cultura pierde el fundamento
- Pr. Cristián Millán
- hace 26 minutos
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Secularismo, sincretismo y el desafío de anunciar a Cristo hoy
Vivimos tiempos complejos. No solo por los cambios sociales, políticos o tecnológicos, sino también porque, silenciosamente, la cultura ha ido desplazando a Dios del centro de la vida. Muchas personas no se consideran malas, ni violentas, ni injustas; simplemente han aprendido a vivir como si Dios no fuera necesario. Esta forma de pensar no siempre se expresa con hostilidad hacia la fe, sino con indiferencia. Y esa indiferencia, poco a poco, termina moldeando la manera en que se entiende la verdad, la moral y el sentido de la vida.
La Escritura advierte que cuando una cultura conoce a Dios, pero deja de glorificarlo y agradecerle, algo profundo comienza a romperse en el corazón humano. El apóstol Pablo describe este proceso con claridad (Romanos 1:21–25, RVR1960).
Cuando Dios es desplazado, la cultura no queda neutral. Siempre algo ocupa Su lugar. Y allí aparecen el secularismo y el sincretismo como dos fuerzas que, aunque diferentes, terminan produciendo el mismo resultado: una vida desconectada de la verdad que da sentido y dirección.
Secularismo y sincretismo: una explicación sencilla pero necesaria
El secularismo no se limita a la idea de un Estado laico. Es, sobre todo, una mentalidad que sostiene que la vida puede explicarse, organizarse y conducirse sin referencia a Dios. La fe queda reducida a lo privado, a lo íntimo, a lo emocional, pero se le niega espacio en las decisiones públicas, éticas y culturales. El resultado es una sociedad en la que la moral se vuelve relativa y la verdad, negociable. La Biblia, sin embargo, recuerda que "el principio de la sabiduría es el temor del Señor" (Proverbios 9:10, RVR1960). Cuando ese principio se pierde, todo lo demás se vuelve frágil.
El sincretismo, por su parte, no rechaza abiertamente a Dios. Más bien lo mezcla. Intenta sumar a Cristo a un conjunto de creencias, valores o prácticas que no le pertenecen. Jesús es “más algo”: más amuletos, más ideologías, más prácticas espirituales ajenas al evangelio, más “mi verdad personal”. El problema es que Cristo jamás se presenta en la Escritura como un complemento, sino como Señor. Jesús mismo fue claro al decir: "nadie puede servir a dos señores" (Mateo 6:24, RVR1960). Ambos fenómenos tienen algo en común: desplazan la centralidad de Dios. Uno lo hace quitándolo del escenario; el otro, diluyéndolo en una mezcla cómoda. Y cuando eso ocurre, la vida pierde su fundamento.
Una historia repetida: cuando el pueblo de Dios se desorienta
La Biblia no oculta que este problema ya ocurrió antes. El pueblo de Israel atravesó etapas en las que Dios dejó de ser el centro práctico de la vida cotidiana. Durante el tiempo de los Jueces, se describe una realidad alarmante: "cada uno hacía lo que bien le parecía" (Jueces 21:25, RVR1960). No era la ausencia total de religión, sino la ausencia de gobierno espiritual. Cuando el “bien” se define por lo que parece correcto para cada uno, el timón se rompe.
El sincretismo también marcó profundamente la historia de Israel. No siempre dijeron “rechazamos al Señor”; muchas veces dijeron “el Señor… y también”. Sirvieron a Jehová, pero al mismo tiempo a los baales y a Astarot (Jueces 2:13, RVR1960). La mezcla comenzó en el corazón antes de manifestarse en la conducta. El caso de Salomón es un ejemplo claro: "su corazón fue inclinado tras dioses ajenos", no de un día para otro, sino progresivamente (1 Reyes 11:4, RVR1960).
El principio bíblico es claro: el sincretismo no entra primero por las acciones; entra por las lealtades. Cuando el corazón deja de estar completamente rendido a Dios, la fe se vuelve frágil y vulnerable a cualquier influencia cultural.
Una cultura informada, pero no transformada
En los últimos cuarenta años, este proceso se ha intensificado. La fe se ha privatizado, la moral se ha relativizado y la autoridad ha sido desplazada. La Biblia deja de ser referencia y el “yo” ocupa el centro: emociones, deseos, ideologías, consumo. Al mismo tiempo, crece una espiritualidad sin arrepentimiento, sin cruz ni señorío. Una espiritualidad que promete bienestar, pero evita la transformación profunda.
La Escritura ya había advertido que llegaría un tiempo en que muchos no soportarían la sana doctrina y preferirían oír aquello que confirmara sus propios deseos (2 Timoteo 4:3–4, RVR1960). Cuando se llama "a lo malo bueno y a lo bueno malo", la confusión deja de ser excepción y se convierte en norma (Isaías 5:20).
En este contexto, no sorprende que muchos rechacen el evangelio. No porque no lo comprendan, sino porque confronta verdades que la cultura ha decidido relativizar. El evangelio afirma que hay verdad, que Cristo es Señor, que hay pecado, arrepentimiento y gracia. Pero la cultura responde: nadie puede decirme qué es verdad. Jesús, sin embargo, declaró que solo la verdad libera (Juan 8:32).
Incluso dentro de la iglesia, estos fenómenos han dejado huella. Se vive una fe de domingo y una vida secular de lunes a viernes. Jesús es invocado como ayuda, pero no siempre es reconocido como Señor. Aparecen ídolos modernos: aprobación, control, placer, éxito, miedo, ideologías. Por eso la Escritura exhorta a no conformarse con este siglo, sino a ser transformados en la manera de pensar (Romanos 12:2, RVR1960).
La respuesta bíblica: anunciar a Cristo con el poder del Espíritu Santo
Frente a una cultura confundida, la respuesta de la iglesia no puede ser el silencio, ni la adaptación del mensaje, ni la mera confrontación intelectual. El modelo bíblico es otro. El apóstol Pablo predicó en contextos profundamente pluralistas, intelectuales y espiritualmente mezclados, muy similares a los nuestros. Y su decisión fue clara: no confiar en la sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu Santo.
Pablo afirmó que su predicación no consistía en palabras persuasivas, sino en demostración del Espíritu y de poder, para que la fe no descansara en hombres, sino en Dios (1 Corintios 2:4–5). Predicar con el poder del Espíritu no es elevar el tono, ni apelar a las emociones, ni depender del carisma personal. Es anunciar a Cristo desde una vida rendida, en dependencia real de la obra sobrenatural de Dios.
Este poder no se produce por técnica, sino por consagración. El evangelio fluye con poder cuando hay coherencia entre el mensaje y la vida. Cuando Cristo es el centro absoluto y no una idea más. Pablo mismo dijo que se propuso no saber entre ellos cosa alguna sino a Jesucristo y a este crucificado (1 Corintios 2:2, RVR1960).
¿Por qué es tan relevante hoy? Porque el secularismo no se vence solo con argumentos, ni el sincretismo se disuelve con información bíblica. Ambos son, en esencia, cegueras espirituales. Solo el Espíritu Santo puede convencer de pecado, revelar la verdad y derribar fortalezas mentales (2 Corintios 4:4; Zacarías 4:6).
Cuando el evangelio se predica en el poder del Espíritu, la fe nace en el corazón, no en la admiración intelectual. La verdad se percibe como revelación, no como imposición. Y Cristo deja de ser una opción más para ser reconocido como Señor.
Preguntas para la reflexión
¿De qué manera el secularismo o el sincretismo han influido, quizás sutilmente, en su forma de vivir la fe?
¿Está enfrentando los desafíos culturales desde la dependencia del Espíritu Santo o desde el esfuerzo humano?



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