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¿Por qué Dios guarda silencio? La consecuencia de la vanidad

  • hace 21 horas
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: hace 2 horas


¿Por qué Dios guarda silencio? - Pr. Cristián Millán

“Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Efesios 4:17-18)



Cuando Dios guarda silencio


Hace algunos días, mientras conversaba con alguien, Dios puso en mi corazón entregarle y enseñarle algunos principios bíblicos importantes. Tal vez era la respuesta o la dirección que necesitaba en su vida. Pero cada vez que intentaba hablarle, él me interrumpía para darme su opinión refutando todo desde su punto de vista. Cuando volvía a intentarlo, él lo volvía a hacer. Para todo tenía una respuesta y una opinión. Intentar entregarle lo que Dios había puesto en mi corazón se volvió, con el tiempo, verdaderamente agotador. Y después de muchos intentos, finalmente decidí rendirme y guardar silencio. Lo dejé hablar. No lo interrumpí. Solo lo escuché, reconociendo que gran parte de lo que decía era erróneo y evidenciaba su ignorancia sobre el tema del cual Dios le quería enseñar.


Fue en ese momento cuando sentí que el Espíritu Santo me habló claramente al corazón: “¿Ves? Es por eso que muchas veces Yo también termino guardando silencio ante mi pueblo”. Esa experiencia me confrontó profundamente. Porque entendí que muchas veces pedimos a Dios que nos hable, pero cuando Él comienza a hacerlo, lo interrumpimos con nuestras propias conclusiones.


Cuando pedimos dirección, pero no queremos escuchar


¿Cuántas veces le pedimos al Señor Su intervención?¿Cuántas veces clamamos por dirección, por un rhema, por claridad, por una palabra específica? Decimos: “Señor, háblanos. Señor, que se haga Tu voluntad”. Pero antes de que Él responda, nosotros mismos respondemos: justificamos nuestras decisiones, defendemos nuestras posturas, explicamos por qué creemos tener razón o argumentamos desde nuestra propia sabiduría o desde nuestros deseos personales. Dios intenta guiarnos, pero no le dejamos espacio. Finalmente, Él guarda silencio.


El texto de Efesios 4 nos muestra una progresión peligrosa que explica este fenómeno. Pablo habla de la vanidad de la mente, del entendimiento entenebrecido, de la ignorancia, de la dureza de corazón y, como resultado, de estar ajenos a la vida de Dios. Este no es solo un problema de conducta. Es un problema de corazón.


La raíz: la vanidad y la necedad


La vanidad no es solo superficialidad. La RAE la define como el orgullo de quien tiene un alto concepto de sus propios méritos y un afán excesivo por ser admirado. Bíblicamente, la palabra usada en Efesios para “vanidad” (mataiótes, Strong G3153) y habla de algo vacío, sin sustancia real.


La vanidad comienza en la mente. Surge cuando creemos que nuestro valor depende de lo que sabemos, de lo que hemos logrado o de lo que podemos demostrar. Es una consecuencia de la orfandad espiritual. Cuando no estamos afirmados en nuestra identidad en Cristo, comenzamos a competir por nuestro lugar. Y cuando competimos, defendemos nuestro orgullo.


El problema es que mientras pensemos como huérfanos, no podremos deshacernos de la vanidad.


La necedad es el fruto visible. La RAE define al necio como quien insiste en sus propios errores y se aferra a posturas equivocadas. Bíblicamente, el necio no es quien no sabe, sino quien no quiere reconocer que no sabe. Proverbios 12:15 dice: “El camino del necio es derecho en su opinión”.


Esta actitud produce una cadena espiritual clara:


  1. Vanidad en la mente: Comenzamos creyendo que sabemos más de lo que realmente sabemos. Nos cuesta admitir que necesitamos instrucción y dirección. Nos volvemos autosuficientes.

  2. Entendimiento entenebrecido: Cuando nuestra mente se llena de orgullo, nuestra comprensión se oscurece. “Entenebrecido” implica estar en tinieblas. Podemos escuchar la verdad, pero no distinguirla. Jesús dijo: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz” (Mateo 6:22). Cuando el orgullo interviene, esa luz se apaga.

  3. Ignorancia: La ignorancia no es simplemente falta de información. Es falta de instrucción aceptada. Oseas 4:6 declara: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento”. No dice que no hubo Palabra; dice que faltó conocimiento asimilado. La persona cree saber, pero en realidad está construyendo sobre suposiciones.

  4. Dureza de corazón: El corazón se endurece. La palabra bíblica para dureza (pōrōsis, Strong G4457) implica insensibilidad. Ya no solo no escuchamos; tampoco queremos escuchar. Hebreos 3:15 advierte: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Un corazón endurecido no quiere ser corregido. No quiere ser alineado. No quiere someterse. No quiere reconocer el pecado.

  5. Ajenos de la vida de Dios: Finalmente este es el punto más grave. Podemos seguir en la iglesia. Podemos seguir sirviendo. Podemos seguir hablando lenguaje cristiano. Pero internamente estamos desconectados de la vida de Dios.

    La obra de Cristo fue traer nueva vida (Juan 10:10). Pero un corazón endurecido no puede experimentar esa vida. Puede conocer doctrina, pero no disfrutar comunión.


No aprendimos así a Cristo


Pablo continúa diciendo: “Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído” (Efesios 4:20–21). Aquí está la clave. Aprender a Cristo no es solo aprender información sobre Él. Es escucharle, permitir que Su verdad nos corrija y dejarnos transformar.


Cristo mismo modeló lo contrario de la vanidad. Filipenses 2:6–8 nos muestra que, siendo Dios, se despojó a sí mismo. No defendió Su posición. No compitió. No se justificó. Se humilló. Y si Él, siendo Señor, fue enseñable al Padre, ¿cuánto más nosotros necesitamos esa actitud?


Dios no guarda silencio porque sea indiferente. Muchas veces Dios guarda silencio porque no estamos dispuestos a escuchar. La voz de Dios no compite con nuestro orgullo. Él habla al corazón humilde (Santiago 4:6).



Preguntas para la reflexión:

  • ¿Estamos pidiendo dirección mientras defendemos nuestras propias opiniones y decisiones?

  • ¿Hay áreas en las que Dios le ha estado hablando, pero usted se ha estado justificando?



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